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Más que un implante: cuando el tratamiento consiste en escuchar

By agosto 6, 2018 No Comments

Era ya casi la hora de comer, las 12:00 del mediodía. Y es que en Francia se come a la hora en la que muchos aún os estáis acabando la tostada del desayuno. Es un día nublado, de esos que me hacen plantearme el motivo de mi vida en Francia y no en Sevilla, pero quiero contaros una experiencia de esas que marcan.

Mi asistente hizo pasar a la última paciente. Mientras yo observaba como recorría el pasillo que comunicaba la sala de espera y el gabinete, me dí cuenta que había algo en ella que no marchaba bien. Normalmente los pacientes no suelen venir de buen grado al dentista, pero había algo más en su mirada.

Lo único que hay que hacer en estos casos es sentarse, con paciencia, y dejar que el paciente hable y te cuente su historia. Estaba claro que la paciente tenía problemas de encías, y estábamos hablando de los hábitos que ella tenía.

Tras un rato de conversación con ella, apareció el principal enemigo del dentista: el tabaco. El tabaco daña las encías y es nuestro principal enemigo si lo que queremos es curarlas, ya que dificulta el saneamiento por parte del practicante dental. En mi cabeza ya estaba rondándome la idea de convencer a la señora para que abandonase el tabaco, ya que una vez eliminásemos el factor nocivo, sería más fácil ocuparse del problema de encías.

En numerosas ocasiones, los dentistas vemos dientes en lugar de pacientes, y esto no es una buena premisa para hacer el mejor diagnóstico. En algún momento de la charla con mi paciente se me ocurrió preguntarle por qué fumaba, que si sabía las consecuencias de fumar y qué era lo que le llevaba a hacerlo.

En ese momento di en el clavo, la paciente me miró fijamente y me dijo: “Doctor, estoy estresada, tengo problemas personales y fumo cómo medida de escape a mis problemas diarios.” No dije nada más, lo tuve muy claro, esa mujer antes de dejar el tabaco y tratar sus encías necesitaba desahogarse y expresar el porqué de su adicción. El objetivo ahora era intentar ayudarla para que pusiera en orden su vida y sobrepasara su problema.

Antes de salir de la consulta, me dio un abrazo y las gracias y se marchó. En su cara, ya no se visualizaba la apatía con la que entró por esa misma puerta, ya tenía claro lo que debía hacer antes de tratar su encía. Mis manos no hicieron nada, no le puse ningún implante ni mejoré su inflamación, salió con la misma sonrisa imperfecta con la que llegó y económicamente no fue rentable para mi. Sin embargo, fue el mejor momento del día, sin duda alguna.

“Sanar el corazón debería ser lo primero de todo”

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